Experiencia n 67.53

Agosto 16, 2007 at 12:38 pm (Viajes)

Me atacan las brigadas marihuánicas. Sus soldados entran por mis orejas mientras mis células gritan: “¡Todos a sus puestos!” y yo proclamo: “Hágase la paz, no habéis de ser enemigos, sino hermanos, surja el gozo”. Y luego añado (dirigiendo la voz en In hacia el bienvenido ejército): “Relájense queridos huéspedes y siéntense cómodamente en nuestros receptores cannabinoides. Porque deben saber que éstos no son unos simples sofás, nuestros receptores son puro confort”.

            En ese mismo instante las neuronas comienzan a entablar cientos de conversaciones, de gran carga afectiva, con los recién llegados. Glubdrup, por ejemplo, es uno de los millones de empleados biológicos que sustentan mi vida, permitiéndome disfrutar de un sistema operativo óptimo para relacionarme con mi entorno. Glubdrup forma parte de mi nervio auditivo y guarda un buen recuerdo de las últimas invasiones, como les llaman los CCS (Centros cognitivos superiores).

            Se pierden en una orgía de música, todas revueltas, palpitantes y enrojecidas. Se cantan, se frotan y se enredan. Yo percibo la euforia como una llamada de mí mismo hablando desde mi vida en mi próxima reencarnación. Percibo el calor de mis orejas y toda otra prioridad queda derrotada ante la imponente presencia de la Madre Música.

            De esta forma estos ataques desbarajustan mi vida.

Extracto de una libreta viajera, a la que pillé desprevenida esta Semana Santa en San Pedro.

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